Dear Esther

Una historia, una isla, unos recuerdos, un faro y Esther, la querida Esther

Dear Esther no se juega. Dear Esther está más cerca del acto de ver una película, de leer un libro, de escuchar una emisión de radio, de oir una historia contada en medio de un bosque junto a una hoguera que de jugar a un videojuego. O al menos a un videojuego tal y como los entendíamos hasta no hace mucho.

Y es que en Dear Esther abres los ojos y te encuentras en una isla. Es un apagado atardecer y el mar se pierde en una espesa niebla que parece aislar aún más ese amasijo de tierra y roca. No se trata esta de una paradisíaca isla caribeña, reflejo de calma y sosiego, sino una isla de los mares del norte, de aspecto arisco, con maleza baja preparada para el mal tiempo que suele azotarla y una costa rocosa, de pronunciados acantilados, que desgarra la tierra para dar paso al oscuro mar. El viento sopla con fuerza, haciendo aún más incómoda la sensación. Si una isla perdida en el caribe con su mar en calma, fina arena de playa y cocoteros transmite paz, esta isla nos sume en la aprensión, la violencia del cambio constante reflejada en el viento, la soledad e indefensión frente a los elementos. Y allí, al fondo, en el otro extremo de la isla, una luz. Un punto rojo intermitente apenas visible, pero el único elemento que rompe la salvaje naturaleza de lo que te rodea.

Dear Esther, el comienzo

Comienzas a caminar y escuchas una voz, cercana por su volumen pero distante de este inquietante lugar. Está leyendo lo que parece ser una carta, un mensaje a Esther. Su voz denota aprecio por esa otra persona, como si a través de estos mensajes quisiera sentir su presencia más cercana. La tecnología actual ha conseguido que esa cercanía, esa sensación de proximidad, de compartir un momento en diferente espacio y tiempo que tenían las cartas manuscritas se haya perdido. Pero esta voz, estos mensajes, en medio de esta inhóspita isla, te lo devuelven de forma arrebatadora. Cuando termina el pasaje vuelves a quedarte sólo en la isla, acompañado por el sonido de tus pasos en la tierra, el viento, el mar y, de vez en cuando, una lejana y melancólica melodía que te acompaña durante tu caminar.

No hay nadie. Durante tu recorrido ves alguna casa hace tiempo abandonada, algún barco, algún retazo de civilización y algunas extrañas señales dibujadas en la arena o con pintura en la piedra.. Pero está todo abandonado, erosionado por el duro clima de la isla y la dejadez de quien lo dejó sin cuidar. Además es algo con lo que no puedes interactuar. Sí, tú caminas, te puedes mover, puedes mirar, pero no puedes interactuar con nada. Cuando hace falta se enciende una linterna y nada más. Como en esos sueños que luego recuerdas y te preguntas el motivo de no alzar la mano para tocar aquello. Caminas pues, con paso lento, taciturno, como quien camina sin rumbo fijo pero siempre avanzando. El desagradable clima sigue ahí, sigues sintiéndote incómodo por lo desolado del lugar, inútil por no poder hacer otra cosa que andar y sólo. Completamente sólo.

Este vagar hace que aquel cuya voz escuchamos en ocasiones también parezca distraerse contándonos cosas que nada parecen tener que ver con lo que en un principio parecía contar. Nos habla de otros habitantes de esa isla, de un vecino, de un trayecto en carretera, de enfermedad, de tristeza, de culpa. Son recuerdos sin orden aparente y nos asaltan o bien al ver algo que nos llame la atención o sin venir a cuento. Cada nueva nota, cada nueva narración, se vuelve más profunda, hablando de hechos del pasado que mezcla con cosas que va viendo en esta isla. Notas dedicadas a Esther, a su Querida Esther.

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Pasas entonces a otro lado de la isla, más protegido del viento pero la sensación no mejora. Aquí todo tiene una tensa sensación de quietud mortecina. El moribundo sol y la zona, menos húmeda, tiñe el lugar de un colores mate insanos. Tampoco ayuda ver como un gran pesquero está encallado, junto a otras pequeñas embarcaciones, en la costa. Y a diferencia de los restos anteriores estos se encuentran mucho más deteriorados. El pesquero está lleno de herrumbre, oxidado, como muchos de los contenedores que aquí y allá hay diseminados por la playa, cadáveres mudos de pasados naufragios.

Todo comienza a cobrar sentido, un trágico sentido mientras el narrador va contando los detalles que entrelazan las historias que hasta ahora parecían ser ajenas unas de otras. Enfermedad, ausencia, tristeza, culpa… la conciencia de lo que ocurre va alterando la voz hasta que entramos en una cueva. Una cueva que nos aleja de los restos pasados, una cueva donde lo que antes eran señales ahora se mezclan con moho fosforescente y dibujos cada vez más completos. Subimos por caminos brillantes, caemos a oscuros lagos… y el narrador cada vez nos hace más conscientes de los acontecimientos por medio de nuevas revelaciones. Y queremos salir de ahí, queremos abandonar esa sensación claustrofóbica de perderse por las cuevas del recuerdo. Lo mismo parecía ocurrirle a quien hiciera las pintadas dado que cuanto más avanzamos más hay hasta llegar al extremo de cruzar pasadizos cuyas paredes están inundadas de mensajes…. y caemos. Caemos en un oscuro agua que nos sumerge más allá de la isla. Seguimos bajo el agua, pero ahora estamos en una inundada autopista. Y en mitad de ella una camilla, única cosa iluminada en todo el entorno. Nuestro avance es más lento, sumergidos en este mar de pesar mientras pasamos junto a esa camilla de hospital abandonada en mitad de la autopista. Enfermedad, dolor, culpa… y Esther, tu querida Esther.

Consigues, al fin, abandonar la cueva y el mar de pesar en el que habías caído. En la isla el dia ya ha acabado y la noche ahoga toda esperanza. Cada vez la música te acompaña más. La oscuridad de la noche sólo se ve asaltada por pequeños puntos de luz hechos con velas que nos van mostrando de forma más clara detalles que nos hablan de lo que ya somos conscientes aunque no se nos haya dicho, y la voz se vuelve más vehemente. Incluso, llegado un momento, hasta la voz cambia y se dice que quien parece ser el narrador no debía estar ahí. Pero tú sigues. Llegados a este punto ya te abandonas a la subida, acompañada por una música cada vez más intensa.

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Y ves el punto rojo parpadeante, ahora más cerca, ahora más real. Tan cercano y tan distante a la vez. Y te diriges a él. No por la convicción de quien sabe qué pasará al llegar allí. Simplemente decides dejar atrás ese muerto paraje. Dirigirte a ese único lugar “vivo” que es el rojo y parpadeante punto… y las señales aumentan, y la música te acompaña dulcemente en la ascensión. Y esas velas, y esos barcos de papel que se alejan en el mar y la revelación, y punto rojo, y el final y… y Esther, Dear Esther…